martes, 28 de febrero de 2012

Instituciones y pedagogía

La semana pasada tuve ocasión de visitar el edificio de las Cortes y quisiera explicar la experiencia.

Avanzar que no es el primer parlamento que visito y que, por lo tanto, puedo realizar alguna comparación.

La aproximación a la visita no deja de ser pintoresca: se ha de hacer una cola en el muro exterior del recinto, la visita se inicia a las 10,30 y termina a las 12,30, no hay ningún servicio exterior que planifique las visitas por lo que queda en manos de la seguridad exterior del edificio a cargo de la Policía Nacional, evidentemente, de ciudadanos que visitan el templo de la democracia español pasamos a ser una cuestión de orden público autogestionada. Ni que decir tiene que hay que tener suerte con la meteorología, puesto que para las inclemencias no hay resguardo. La impresión general es que, hasta ese momento, éramos pura molestia.

Al cabo de un rato, la policía se entretuvo en realizar conteos puesto que le pareció que habría ciudadanos que ya no entrarían, por lo que se les indicó (al cabo de hora y media de cola) que ya no hacia falta que aguardaran más. Nada que decir a la actitud de la Policía puesto que, insisto, esa no es su función.

Una vez dentro del edificio y tras dejar nuestro DNI en la puerta, el cual nos fue devuelto en el interior al más rancio estilo cuartelero de "pasar la lista" nombrándonos en voz alta en público (la LOPD tendría algo que decir al respecto), una funcionaria nos introdujo en los arcanos de la institución.

Si alguien guardaba alguna esperanza de que la visita sería utilizada para "vender" institución, relatando alguna cronología, una situación, un marco histórico, el funcionamiento, que se hacía o cualquier otro elemento que sirviera para que los allí presentes saliesen convencidos de que los parlamentarios, además de poder admirar las alfombras de la Real Casa, realizaban algún otro tipo de labor, fue vano.

Las explicaciones pasaron por el material de que estaba hecha la mesa del Salón de los Pasos Perdidos (un lugar dónde se encuentran los parlamentarios para hablar, sic) o el reloj astronómico de otro "despacho" adyacente al salón de plenos.

La funcionaria, con su afectada desgana, nos explicó, ya una vez dentro del salón del pleno, la disposición de los diputados, del gobierno y, por fin, el evento más deseado (por lo visto), dónde estaban los balazos de Tejero.

Es una pena que no se aprovechen este tipo de visitas para vender institución y concepto de estado, sobre todo cuando ves en otros países como cuidan estos aspectos, con guías preparadas, explicaciones sobre el alcance político y el funcionamiento de la institución e incluso tienda de souvenirs para alargar el efecto positivo de la visita con algún recuerdo.

Miento, nos llevamos uno, a la salida nos regalaron una bonita bolsa de la compra plegable con el logo del Parlamento.

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