jueves, 11 de noviembre de 2010

Quemar las naves

Los mercados vuelven a zarandearnos como si fuéramos de papel, la prima de riesgo ha vuelto a cotizar a máximos histéricos y no parece que haya una alternativa fácil para deshacer el camino. Esta vez el detonante ha sido Irlanda en vez de Grecia, aunque el daño colateral nos lo llevemos nosotros. Parte de culpa tenemos al no dar un mensaje claro de cual va a ser nuestra política económica, ni siquiera tras la remodelación ministerial. El cambio de gobierno tras las próximas elecciones tampoco permitirá un escenario excesivamente distinto del actual: somos un pato cojo en una barraca de feria.
Si hacemos lo que nos piden los mercados, y ello significa aguantar lo que sea necesario aguantar en política interna, vamos a tener niveles de paro elevado durante bastantes años; esté quien esté en el gobierno: no se pueden bajar los impuestos, no se puede generar más gasto público, no se puede incrementar la competitividad a base de reducir a niveles chinos nuestros salarios (bueno si que se puede pero no sé si es lo más conveniente). Aumentar la competitividad de nuestros productos vía reducción del coste salarial es querer competir con un elemento muy inelástico que tarda mucho en realizar el ajuste necesario.
Nuestro país no es competitivo, entre otras razones, por la escasa inversión en capital y a la deficiente formación de la mano de obra, el crecimiento que nos ha traído hasta aquí estaba basado en la construcción y en servicios, sectores intensivos en mano de obra.
Hemos llegado a un punto en el que los mercados nos acribillarán por todos lados, si no reducimos el déficit, malo; si reducimos el déficit a costa de crecimiento, peor, dado que entonces no se creen que podamos pagar lo que debemos ahora. Entonces ¿qué hacer?.
Cuando estás en una situación de encrucijada muchas veces la mejor opción es girar el volante al precipicio, para ello el conductor debe tener cierto aguante, cosa que creo que ni el actual ni su recambio tengan (esta es la parte mala de la solución).
Los mercados, al fin y al cabo, tienen una lectura muy plana y antidemocrática de nuestro país, les da igual los millones de situaciones complicadas que el ajuste genera. Para ellos España no es más que una empresa con dificultades de financiación por haberse endeudado mucho y mal, con problemas de liderazgo en el management, con una plantilla indolente y poco formada y con una pésima imagen exterior que dificulta encontrar canales de distribución y mercados para colocar sus productos y lo que es peor, sin un plan estratégico.
Si a los mercados se les explicase que tenemos un plan, un proyecto y que a un determinado plazo se va a asegurar el retorno de la inversión, no deberían mantener la actual actitud. Los mercados no nos financian porqué no se creen nuestra empresa, pero es que nadie ha vendido nuestro plan, porqué no lo tenemos. Todos esperan que la situación mejore por si sola, que a la postre ha sido la principal política económica en los últimos quince años: si a los demás les va bien, ya nos arrastrarán.

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